Una tarjeta regalo: masaje erótico

Era un antro. No se podía calificar de otra manera. Nada más abrir la puerta  que le habían indicado reparó en  lo que debía ser un humificador del que salía un humo denso, apestoso, entre jazmín y pachuli. Pensó  que lo tenían  con la pretensión de seducir al cliente y enmascarar la peste de clientes anteriores. A él le provocó una arcada.

Julián se despojó de la toalla y se estiró en la camilla. Automáticamente bajó la intensidad de luz tornándose cálida, anaranjada. Intentó relajarse, pensar en que aquella tarjeta regalo se la habían obsequiado de buena fe. Un guiño osado, por parte de sus compañeros de trabajo, para que despidiera su soltería como dios manda, con algo transgresor. ¿Cómo decir no? Lo acosarían con preguntas, pedirían uno y mil detalles sobre ese regalo que a todos les hacía tanta gracia. Estaba dispuesto a  cumplir con las expectativas. Para él, a ratos, también era una prueba excitante.

Tumbado boca abajo, cerró los ojos al oír entrar a la persona que lo iba  a masajear.

Sintió unas manos poderosas, hábiles, que amasaban con pericia todos los músculos de su espalda, acariciaban sus riñones, sus nalgas. Unos labios carnosos y muy húmedos, empezaron a besarle, a lamerle la piel lentamente. Jadeaban los dos.

Su excitación lo estaba mareando. Le faltaba el aire. Se giró en busca de culminar la eyaculación que ya no podía contener por más tiempo.

  • Sácame todo niña, sácamelo de una  vez – Pudo decir antes de abrir los ojos y encontrarse con un rubio marcando bíceps, rebozado en aceite y con una erección enorme.

Julián tembló. Se odió por lo que estaba sintiendo. Sus ojos se inundaron de lágrimas que resbalaban por sus mejillas mientras el otro no  dejaba de masajearlo. Estalló con un gemido que hasta a él lo sobresalto. Con mucho esfuerzo consiguió reponerse y vestirse. Quería huir. Sin unas gracias ni un adiós bajó las escaleras de cuatro en cuatro. Lloraba, reía, se sentía sucio y feliz a la vez…

 

 

Llegó a casa, quería ducharse antes de que llegara su prometida. Restregó su piel con fuerza para eliminar aquel tufo que tanto le había excitado.

Aquella noche hizo el amor con ella de una forma diferente. Más intensa, más atrevida. Ella gimió, tembló como nunca lo había hecho. Él feliz.

No podía sacar de su piel la sensación de aquellas manos, la imagen de aquel adonis. Se dijo “una vez, sólo una vez más” Y se dirigió a la apestosa escalera del barrio chino.

Entró muerto de vergüenza, pidió un servicio del “Ruso”, así le dijeron que se llamaba. Esperó quince eternos minutos con su ticket en la mano en el que ponía “servicio completo”.

Entró con el mismo ritual de la otra vez. Se colocó boca abajo.

Pero al entrar el musculitos, no pudo contener el deseo desbocado que llevaba dentro y lo colocó doblado sobre la camilla. Se desfogó en menos de dos minutos. Fueron dos minutos llenos de fuego y ansia con final tremendamente satisfactorio.

Volvió a salir como si lo persiguiera el diablo, pero con la sonrisa en los labios. Feliz porque ahora estaba seguro de que había descubierto la manera de cómo llevar a cabo las fantasías que siempre lo habían perseguido.

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Pilar Moreno, 5 de noviembre de 2018

Uniones que nunca deberían separarse

Mercedes apenas descansa, siempre pendiente de ese hipo, eructo o gemido que Lucas emite mientras duerme en su rudimentaria cuna. Quiere evitarle la más mínima incomodidad. Va a cumplir tres años y ella, su madre natural, quiere detener el tiempo. Le habla, le repite una y otra vez que ella es su única madre, que es la luz de su vida, que sin él no va  haber vida allí dentro y tampoco fuera sin él. Lo acurruca junto a ella, en su estrecho y desvencijado catre y sigue susurrándole aunque le vence el sueño. Quiere  grabarle en el cerebro y en la piel, sus palabras, su historia y todo el amor que siente por él. Le pide perdón mil veces, lo besa otras mil y lo mece como si siguiese siendo un bebe de tres meses. Afortunadamente sigue teniendo leche en sus pechos. Lo acomoda y,  aun estando dormido el niño, mecánicamente, le succiona el pezón que tiene en carne viva. Tiene el brío de un niño, no el de un bebe al mamar. A ella le duele, pero lo disfruta. Es una comunión con el hijo de sus entrañas, es el  momento más íntimo y profundo del día, donde ella cree que le trasmite todo lo bueno que existe en su interior.

Lo mira y llora. Lo mira y sonríe. Lo mira y tiembla. ¡Qué poco le queda para poder repetir ese momento! Lo abraza contra sus pechos, fuerte, muy fuerte, demasiado y mientras reza pidiendo perdón a su dios. El niño patalea sólo unos segundos, luego se convierte en un muñeco al que sigue meciendo, sabiendo que se ha llevado lo mejor de ella.  No va a permitir que nadie más lo meza.

Al rato entra la celadora con un buenos días dulce, sabe que va a ser un momento muy duro para Mercedes y le dice que ya está, que no sufra y que se despida de Lucas. Ella no lo suelta y le gruñe como un animal al ser atacado.  Tiene que venir otra celadora para ayudar. Espantadas por lo que intuyen, las dos trabajadoras le suplican, pero las miradas de Mercedes son dardos y  sus manos zarpas que están pegadas al cuerpo del niño. Ha usado pegamento del fuerte para unirse a él por los siglos de los siglos o eso cree su mente quebrada.

 

Pilar Moreno,  4 de junio de 2018

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ELUCUBRACIONES ROSAS Y COTILLAS

Elucubraciones rosas y cotillas

Cuando entro en una de estas pastiseries del centro de Paris, tengo la sensación de entrar en el comedor de un glamuroso castillo, de esos que igual jamás existió,  pero que las pelis te lo han vendido como la exquisitez del siglo XVIII. En fin, será cuestión de tomar mi te y un empalagoso pastel de  merengue y soñar con ello.

¡Vaya, en la mesa de al lado tengo tema, tema del bueno! ¿Qué hará ese viejales con esa  macizorra? tiene edad como para ser su padre ¿Se hacen ojitos? ¿O es que mi mente novelesca me  hace ver lo que me gustaría que fuera?

No hay duda son miradas tristes, pero  cómplices. ¡Ah! y ese ligero roce de manos, sí, sí….. aquí hay tema, seguro. Susurran en vez de hablar, qué raro se me hace, en mi tierra la gente habla sin pensar que se le puede oír y eso me gusta. Somos cotillas por naturaleza y estos me están fastidiando la afición.

Ahora ella saca papeles, un buen dosier. Papeles del divorcio, seguro. Él los lee con afición, saca boli y empieza a firmar. Está claro, debe ser que le está pidiendo el divorcio ya que los firma él. Lo que faltaba, empieza a llorisquear  por lo bajini. Él la mira, yo diría que con cariño y ojos húmedos. Me sorprende ver a una tiarra así,  tan indefensa como la veo ahora. Le echa reaños e intenta mantener el tipo, se nota.

¡Leches! ¿Ese tiarrón que acaba de entrar se va a sentar con ellos? Me impone ese negrote de dos metros, trajeado y piel brillante. Besa ligeramente los labios de ella y da un apretón sólido a él.

¡Ay dios, la que se va a liar aquí! Pasa el brazo sobre el hombro de la mujer  y ella  se acomoda como buscando protección, aunque no  le cambia la expresión  triste  ni así. Él empieza a hablar en un correctísimo francés, con lo cual no entiendo nada de nada. El viejo asiente a cada momento con un movimiento de cabeza. El negro baja la mirada y posa su mano sobre la de él, se diría que es un gesto de agradecimiento. ¡Claro,  se lo debe estar poniendo muy fácil, cualquiera se enfrenta a esa pedazo mano!

Ella saca un fajo de fotos del bolso y se las pasa. Ya está, deben ser las fotos que le hicieron al viejales con otra. No tiene pinta de don juan, pero sí de tener mucha pasta, eso nunca ha fallado  para ligarse a pibas como esa.

Empieza a llorar desconsolado. No es de extrañar, debe estar muy avergonzado e intimidado con el cacho novio que se ha sentado en la mesa. Ella recoge los papeles. Le entrega las fotos y  al meterlas en el bolsillo de la chaqueta se le caen varias al suelo. Algunas  resbalan lo suficiente cerca de mis pies como para que pueda verlas claramente.

En una foto aparece el negrote, la pibona y un mulatito de unos seis años. En otra, el viejales con una de su edad y el niño abrazándolos con sonrisa de oreja a oreja, creo que deben ser sus abuelos. En otra, el mulatito de unos 10 años arrastrando un gota a gota por el pasillo de un hospital, sólo sonríe. En otra, la pareja joven ya no sonríe, sólo acompañan al muchachito que está con los ojos cerrados en una cama de hospital.

Se me hace un nudo en la garganta. Le entrego las fotos a ella, avergonzado por mi mente sucia. Ella esboza una mueca de agradecimiento y me dice:

–        Merci, merci – mientras estruja las fotos contra su pecho y va repitiendo como un torrente de lágrimas: mon amour, mon amour.

Pago y me marcho a toda prisa, notando a mis espaldas una mano acusadora que me hace sentir como un gusano.

Pilar Moreno, 8 de enero de 2018

DULCES SABORES EN EL CORAZÓN

Necesito irme, dejar esta ciudad por un tiempo. Me repito una y otra vez. Por el amor todo vale, me digo, pero no, mis entrañas contradicen esa afirmación.

Todo en él es música, un concierto de sentidos desconocidos para mi. Cuando roza mi mano se me nubla la mirada, se turba mi palabra. Sólo sé llegar a él a través de  caricias mudas y susurros tenues.

Su pedante y teatral candidez, choca con mi pícara maldad. Siempre intento no ser perversa cuando estoy con él porque hay instantes que me hace creer que puede ser posible vivir con la música en los pies y las utopías en el poder.

No, la vida es la que es, la que te atropella ilusiones y te hace tragar el orgullo para poder sobrevivir. Y a él también lo atrapa, lo sé, pero a veces te hace sentir que puede vivir por encima de la despiadada realidad.

Veo que no es trigo limpio con esa chiquilla, esa tal Susana. ¿Qué va a sentir al ver traicionado su corazón? Le entregó su ingenua candidez, la íntima flor de sus entrañas a quien la sedujo con   emociones y la embaucó en sus ilusiones, como a mí.

Este chico tiene pocos años, 23, pero tiene una destreza depredadora innata. La oigo, la siento y la veo, pero ¡me cuesta tanto alejarme de él ¡ Me hace sentir viva, consigue que se estremezca mi piel y que me duela y la  añore cuando no la siento recorriendo todo por mi ser.

Tengo que irme, salir de sus redes, esas que me desarman la razón y que se  alimentan del contenido de mis venas y de las de sus incondicionales devotas. ¿Cuántas tendrá? Pensaba que era  tierna y dulce la música que salía de su mirada, pero no, ahora me doy cuenta  que es  una música  calculada y tramposa la que usa para atrapar a sus candorosas devotas.

No quiero ser cómplice silencioso de la destrucción de más corazones dulces, ni encubridora de sus feroces armas.

Tampoco quiero sus juegos de alquimia, ni esos chutes que hace que nos rindamos a sus pies.

Adiós, Adonis querido, adiós encantador de serpientes.

 

Pilar Moreno, 25 de noviembre de 2017

NANORELATOS

El sueño

Se lo creyó hasta que despertó.

Fue libre hasta que despertó.

La manzana

La aderezó con seducción y la lio.

Al morderla sucumbió.

El destino

Lo asumió hasta que el azar lo desvió.

69

 

Lamentaban no tener hijos. No podían renunciar al placer que se los vetó.

 

Equilátero

Tal para cual, iguales, calcados, aburridos.

Escaleno

Uno largo, otro corto, otro….a su aire.

El canario y el loro, malos amigos

(Dos animales protagonistas, uno bueno y otro malo)

  • ¡Qué coñazo de loro, redios! Siempre husmeando bajo las faldas de la jefa. Olfato no tiene, el muy tarado, así que no sé qué hace por ahí.

La culpa es de ella que siempre le sonríe, y siempre está encima de él,  repitiéndole  una y otra vez un sonido que  achicharra   el oído.

–Currito guapo, currito guapo~ y él, como loro que es, se lo repite hasta el cansancio, con un sonido crispante y gangoso a la vez.

¿Dónde han quedado aquellos días en los que la familia estimulaba mi melodioso canto? ¿Dónde han quedado los ofrecimientos de lechuga fresquita para que revoloteara armoniosamente por la sala?

Él se lo ha llevado todo. – Maldito aguilucho, gigantón y mal hecho-

Necesito salir de esta dichosa jaula. Quiero saber qué se esconde bajo esa falda. –Me haré el muerto, eso, pondré el pico medio abierto y las patas para arriba.

Me estoy cansando. No se entera ni aunque finja roncar o ahogarme.

Pues nada, me haré el chiflado. ¡Hala a revolotear entre estos barrotes hasta que se me parta alguna de mis delicadas plumas!!

¡¡¡Por fin!!! Puerta abierta. Voz melosa dirigida a mi persona. Eyyyy Yujuuuuu, esto es vida, otra vez la estancia para mí. He conseguido que ella me sonría y mire  con ternura. Soy feliz, de aquí para allá, danzando para ella. Cantando para Ella.

Hasta se deja caer en el sofá, relajada, para seguirme con la mirada y una sonrisa que me enamora.

Currito, el dichoso Currito va a romper la magia posándose en sus piernas. Lo sé, que lo conozco.  Ella las cruza y a él no le gusta. Picotea sus rodillas, pero  de un manotazo lo aparta, sin prestarle mucha atención, cosa que me encanta, pero él  se envalentona y le pica, con mala leche, en el lóbulo de la oreja. Ella se queja, sorprendida. Un hilillo de sangre resbala  por su cuello, colándose por el canalillo del pecho.

-¡¡Esta es mi oportunidad para convertirme en su héroe!! – Escojo los rizos de su pelo, los que caen sobre su pecho, para afianzar mis patas y muy gallito, me esfuerzo en sacar el peor de mis gorgoritos. Se nota que es un grito de guerra. Currito abre desmesuradamente sus ojos, ya saltones de por sí. Está desconcertado. Ella lo aparta con su pie, casi de una patada y entonces me fijo en la alfombra de pipas que rodea el sofá. Con eso lo enseña a  llevar esas ridículas conversaciones. ¡¡ Qué patético!!

-Currito malo, currito malo- le grita ella, sin dejar que se acerque a sus pies, pero lo que no puede evitar es que él muy cabrón me enganche con sus garras y me lleve a una de las ventanas abiertas. En el trayecto va  repitiendo

– Currito malo, Currito malo y ahora mucho más malo-

Pilar Moreno, 20 de noviembre de 2017

Cuantos-anos-vive-un-loro-un-periquito-y-un-canario

Nanorrelatos

El sueño

Se lo creyó hasta que despertó.

Fue libre hasta que despertó.

La manzana

La aderezó con seducción y la lio.

Al morderla sucumbió.

El destino

Lo asumió hasta que el azar lo desvió.

69

Lamentaban no tener hijos. No podían renunciar al placer que se los vetó.

 

Equilátero

Tal para cual, iguales, calcados, aburridos.

Escaleno

Uno largo, otro corto, otro….a su aire.

 

Pilar Moreno, 13 de noviembre de 2017